Simplemente Nadie.

Por Verónica López Villemur.

04.08.2020

Verónica López Villemur.

El cielo tormentoso me recuerda la noche que te conocí. Era Junio, la afanosa lluvia caía deliberadamente sobre la acera. El frío intenso penetraba hasta los huesos y una a una como diamantes perfectos, diminutas piedras caían desde el firmamento. Las luces de los autos se confundían con el urgente fulgor de los rayos y las personas apremiadas corrían, probablemente sin saber a dónde, escapando de la inclemencia climática. La gente herida y confusa, trata de escapar aterrada de lo que la impresiona y esa noche realmente asustaba…

Debo aclarar que no soy mejor que el resto, simplemente en momentos de miedo, juego a ser una heroína y por lo menos en apariencia me muestro serena, calmada, segura, mas interiormente un escalofrío intenso recorre perezosamente todo mi cuerpo. Sensación de angustia, peligro inminente es lo que viaja por mi mente cada vez que enfrento el estridente eco de un trueno, pesar mayor cuando pienso en los que no tienen techo.

Me cobijé en un negocio, ansiosa porque terminara el aguacero y de pronto te vi…pequeño, mojado, huérfano, sentado en el medio de la vereda, sufriendo la indiferencia, resistiendo el impertinente padecimiento de la soledad. Trate de no mirarte, dejé que la oscuridad te desvaneciera, es lo mejor me dije en ese momento. Ya he pasado por esto, infinidad de veces, veintidós para ser exacta. La lluvia por fin se había transformado en llovizna y la serenidad retornó a la ciudad rebasada de charcos necios de reflejar la luna y las estrellas. Caminé observando como al descuido pero no estabas, cada zaguán vacío de tu presencia me daba esperanza: tendrías una casa. Marché hasta la esquina y sin una explicación, antes de cruzar la calle, me di vuelta… tus ojos se encontraron con los míos. Estabas pacífico, impregnado de aroma a diluvio, resplandeciente como los colores del arcoíris y sacudías tímidamente tu cola.

Simplemente, me incliné y susurré con voz sumisa palabras de esas que pocas veces escuchabas…extendí mi mano, acaricié tu cara y juntos marchamos con rumbo definido. Te invité a compartir mis anocheceres y mis albas…y hoy ya no recuerdas la calle…renunciaste a ser nadie…tienes una madre, un padre y hermanos que te aman.

Abrojito