Silencio.

Por Verónica López Villemur.

05.08.2020

Miércoles. Cinco y veintinueve de la madrugada. El sigilo de la casa resuena en la profunda penumbra. Un ahogado murmullo me desarraiga del letargo en el que estoy hundida y mi corazón corrompe su latido atraído por la mudez prodigiosa del momento. Las paredes cerraron sus ojos o tal vez nunca los abrieron, los cuadros pálidos e inertes dormitan en la superficie lisa de muros limpios y la generosa ventana de madera resiste quieta para no despertar al reloj que, secretamente, marca las horas sobre la mesa.

Cinco y cuarenta y cinco. La afonía de la noche sigue intacta. Puedo oír los clandestinos secretos de las porcelanas que se ruborizan ante la sugerente mirada del noble cristalero. Tímido y sombrío silencio, camarada de la luna y de la brisa del invierno, que se adueña de la morada cuando el sol desfallece en el cielo.


Echo un vistazo nuevamente al despertador y las agujas del segundero demoran su carrera en esta jungla de mar negro. La espera, larga y fría, silencia hasta los recuerdos que sueñan acurrucados ante el anhelo de un furtivo día. Mis manos levemente gravitan la espesura del teclado y las letras azabaches resaltan en la pulcritud de la hoja. Serenidad, ímpetus disimulados, sentimientos atinados…incertidumbre en pausa. El tiempo se ha quedado dormido, sonámbulo en este firmamento escaso de estrellas que deambula sin viento fijo como el aire que sopla en el alma de los poetas.

La campana me indica las siete. Faroles que se apagan, ilusiones que se encienden. El último aliento de este inmortal instante ha llegado…un halo de luz se cuela por la hendija de la cortina tiñendo el ambiente de un amanecer perfecto.